Politeia VII; 1-5, 13-14

1

— Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana con relación a la ciencia y a la ignorancia según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen en frente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor les alumbra y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.

— Ya me represento todo eso.

— Figúrate personas que pasan a lo largo del muro, llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los porteadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.

— ¡Extraños prisioneros y cuadro singular!

— Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse en frente de ellos en el fondo de la caverna.

— ¿Ni cómo hablan de poder ver más si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?

— Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?

— No.

— Si pudieran conversar unos con otros, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?

— Sin duda.

— Y si en el fondo de su prisión hubiera un eco, que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿no se imaginarían oír hablar a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?

— Sí.

— En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.

— Sin duda.

— Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su “error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz; hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a los ojos, y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos, cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que hasta entonces solo había visto fantasmas, y que ahora tenía delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si en seguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando, y a fuerza de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se le muestra?

— Sin duda.

2

— Y si se le obligase a mirar al fuego, ¿no sentiría molestia en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en estas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?

— Seguramente.

— Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar la claridad del sol, ¡qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera! ¡Cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver ninguno de estos numerosos objetos que llamamos seres reales?

— Al pronto no podría.

— Necesitaría indudablemente algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más fácilmente sería, primero, las sombras; después, las imágenes de los hombres y demás objetos pintados sobre la superficie de las aguas; y por último, los objetos mismos. Luego dirigiría sus miradas al cielo, al cual podría mirar más fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de las estrellas que en pleno día a la luz del sol.

— Sin duda.

— Y al fin podría, no solo ver la imagen del sol en las aguas y donde quiera que se refleja, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra.

— Sí.

— Después de esto, comenzando a razonar, llegaría a concluir que el sol es el que crea las estaciones y los años, el que gobierna todo en el mundo visible, y el que es en cierta manera la causa de todo lo que se veía en la caverna.

— Es evidente que llegaría como por grados a hacer todas esas reflexiones.

— Si en aquel acto recordaba su primera estancia, la idea que allí se tiene de la sabiduría y sus compañeros de esclavitud, ¿no se regocijaría de su mudanza y no se compadecería de la desgracia de aquellos?

— Seguramente.

— ¿Crees que envidiaría aun los honores, las alabanzas y las recompensas que allí se daban al que más pronto observaba las sombras a su paso, al que con más seguridad recordaba el orden en que marchaban yendo unas delante o detrás de otras o juntas, y que en este concepto era el más hábil para adivinar su aparición; o que tendría envidia a los que eran en esta prisión más poderosos y más honrados? ¿No preferiría, como Aquiles en Homero, pasar la vida al servicio de un pobre labrador y sufrirlo todo antes que recobrar su primer estado y sus primeras ilusiones?

— No dudo que estaría dispuesto a sufrir cuanto se quisiera antes que vivir de esa suerte.

— Fija tu atención en lo que voy a decir. Si este hombre volviera de nuevo a su prisión para ocupar su antiguo puesto, en este tránsito repentino de la plena luz a la oscuridad, ¿no se encontraría como ciego?

— Sí.

— Y si cuando no distingue aun nada, y antes de que sus ojos hayan recobrado su aptitud, lo que no podría suceder sin pasar mucho tiempo, tuviese precisión de discutir con los otros prisioneros sobre estas sombras, ¿no daría lugar a que estos se rieran, diciendo que por haber salido de la caverna había perdido la vista, y no añadirían además que sería de parte de ellos una locura el querer abandonar el lugar en que estaban, y que si alguno intentara sacarlos de allí y llevarlos al exterior sería preciso cogerlo y matarlo?

— Sin duda.

3

— Y bien, mi querido Glaucón, esta es precisamente la imagen de la condición humana. El antro subterráneo es este mundo visible; el fuego que lo ilumina es la luz del sol; este cautivo, que sube a la región superior y que la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible. He aquí por lo menos lo que yo pienso, ya que quieres saberlo. Sabe Dios si es conforme con la verdad. En cuanto a mí, lo que me parece en el asunto es lo que voy a decirte. En los últimos límites del mundo inteligible está la idea del bien, que se percibe con dificultad; pero una vez percibida no se puede menos de sacar la consecuencia de que ella es la causa primera de todo lo que hay de bello y de bueno en el universo; que, en este mundo visible, ella es la que produce la luz y el astro de que esta procede directamente; que en el mundo invisible engendra la verdad y la inteligencia; y en fin, que ha de tener fijos los ojos en esta idea el que quiera conducirse sabiamente en la vida pública y en la privada.

— Soy de tu dictamen en cuanto puedo comprender tu pensamiento.

— Admite, por lo tanto, y no te sorprenda, que los que han llegado a esta sublime contemplación, desdeñan tomar parte en los negocios humanos, y sus almas aspiran sin cesar a fijarse en este lugar elevado. Así debe suceder si es que ha de ser conforme con la pintura alegórica que yo he trazado.

— Sí, así debe ser.

— ¿Es extraño que un hombre, al pasar de esta contemplación divina a la de los miserables objetos que nos ocupan, se turbe y parezca ridículo, cuando, antes de familiarizarse con las tinieblas que nos rodean, se ve precisado a entrar en discusión ante los tribunales o en cualquier otro paraje sobre sombras y fantasmas de justicia y explicar como él las concibe delante de personas que jamás han visto la justicia en sí misma?

— No veo en eso nada que me sorprenda.

— Un hombre sensato reflexionará que la vista puede turbarse de dos maneras y por dos causas opuestas; por el tránsito de la luz a la oscuridad, o por el de la oscuridad a la luz; y aplicando a los ojos del alma lo que sucede a los del cuerpo, cuando vea a aquella turbada y entorpecida para distinguir ciertos objetos, en vez de reír sin razón al verla en tal embarazo, examinará si este procede de que el alma viene de un estado más luminoso, o si es que al pasar de la ignorancia a la luz, se ve deslumbrada por el excesivo resplandor de esta. En el primer caso, la felicitará por su turbación; y en el segundo, lamentará su suerte; y si quiere reírse a su costa, sus burlas serán menos ridículas, que si se dirigiesen al alma que desciende de la estancia de la luz.

— Lo que dices es muy razonable.

4

— Si todo esto es cierto, debemos concluir que la ciencia no se aprende de la manera que ciertas gentes pretenden. Se jactan de poder hacerla entrar en un alma donde no existe, poco más o menos del mismo modo que se volvería la vista a un ciego.

— Lo dicen resueltamente.

— Pero lo que estamos diciendo nos hace ver que cada cual tiene en su alma la facultad de aprender mediante un órgano destinado a este fin; que todo el secreto consiste en llevar este órgano, y con él el alma toda, de la vista de lo que nace a la contemplación de lo que es, hasta que pueda fijar la mirada en lo más luminoso que hay en el ser mismo, es decir, según nuestra doctrina, en el bien; en la misma forma que si el ojo no tuviese un movimiento particular, sería necesario que todo el cuerpo girase con él al pasar de las tinieblas a la luz; ¿no es así?

— Sí.

— En esta evolución que se hace experimentar al alma, todo el arte consiste en hacerla girar de la manera más fácil y más útil. No se trata de darle la facultad de ver, porque ya la tiene; sino que lo que sucede es que su órgano está mal dirigido y no mira a donde debía mirar, y esto es precisamente lo que debe corregirse.

— Me parece que no consiste en otra cosa el secreto.

— Con las demás cualidades del alma sucede poco más o menos como con las del cuerpo; cuando no se han obtenido de la naturaleza, se adquieren mediante la educación y la cultura. Pero respecto a la facultad de saber, como es de una naturaleza más divina, jamás pierde su virtud; se hace solamente útil o inútil, ventajosa o perjudicial, según la dirección que se le da. ¿No has observado hasta dónde llevan su sagacidad esos hombres conocidos con el nombre de embaucadores? ¿Con qué penetración su alma ruin discierne todo lo que les interesa? Su vista no está ni debilitada ni turbada, y como la obligan a servir como instrumento de su malicia son tanto más maléficos cuanto son más sutiles y perspicaces.

— Esa observación es exacta.

— Si desde la infancia se hubieran atajado estas tendencias criminales, que como otros tantos pesos de plomo arrastran al alma hacia los placeres sensuales y groseros y la obligan a mirar siempre hacia abajo; si después de haberla librado de estos pesos se hubiera dirigido su mirada hacia la verdad, la habría distinguido con la misma sagacidad.

— Así parece.

— ¿No es una consecuencia probable, o más bien necesaria, de todo lo que hemos dicho, que ni los que han recibido educación alguna y que no tienen conocimiento de la verdad, ni aquellos a quienes se ha dejado que pasaran toda su vida en el estudio y la meditación, son a propósito para el gobierno de los Estados; los unos, porque en su conducta no tienen un punto fijo a que puedan dirigir todo lo que hacen en la vida pública y en la vida privada; y los otros porque no consentirán nunca que se eche sobre ellos semejante carga, creyéndose ya en vida en las islas afortunadas?

— Tienes razón.

— A nosotros, que fundamos una república, toca obligar a los hombres de naturaleza privilegiada, a que se consagren a la más sublime de todas las ciencias, contemplando el bien en sí mismo y elevándose hasta él por ese camino áspero de que hemos hablado; pero después que hayan llegado a ese punto y hayan contemplado el bien durante cierto tiempo, guardémonos de permitirles lo que hoy se les permite.

— ¿Qué?

— No consentiremos que se queden en esta región superior, negándose a bajar al lado de los desgraciados cautivos, para tomar parte en sus trabajos, y aun en sus honores, cualquiera que sea la situación en que se vean.

— ¿Pero habremos de ser tan duros con ellos? ¿Por qué condenarles a una vida miserable cuando pueden gozar de una suerte más dichosa?

5

— Vuelves, mi querido amigo, a olvidar que el legislador no debe proponerse por objeto la felicidad de una determinada clase de ciudadanos con exclusión de las demás, sino la felicidad de todos; que a este fin debe unir a todos los ciudadanos en los mismos intereses, comprometiéndolos por medio de la persuasión o de la autoridad a que se comuniquen unos a otros todas las ventajas que están en posición de procurar a la comunidad; y que al formar con cuidado semejantes ciudadanos no pretende dejarlos libres para que hagan de sus facultades el uso que les acomode, sino servirse de ellos con el fin de fortificar los lazos del Estado.

— Es verdad; se me había olvidado.

— Por lo demás, ten presente, mi querido Glaucón, que nosotros no seremos culpables de injusticia para con los filósofos que se formen entre nosotros, y podremos exponerles muy buenas razones para obligarles a que se encarguen de la guarda y de la dirección de los demás. Les diremos: en otros Estados puede excusarse a los filósofos que evitan la molestia de los negocios públicos porque deben su sabiduría solo a sí mismos, puesto que se han formado a pesar del gobierno, y por lo tanto es justo que lo que solo se debe a sí mismo en su origen y en su desarrollo, no esté obligado a ninguna clase de reconocimiento para con nadie; pero vosotros no estáis en este caso; os hemos formado consultando el interés del Estado y el vuestro, para que, como en la república de las abejas, seáis en esta nuestros jefes y nuestros reyes, y con esta intención os hemos dado una educación más perfecta que os hace más capaces que todos los demás para unir el estudio de la sabiduría al manejo de los negocios. Descended, pues, cuanto sea necesario, a la estancia común; acostumbrad vuestros ojos a las tinieblas que allí reinan; y cuando os hayáis familiarizado con ellas, juzgareis infinitamente mejor que los demás la naturaleza de las cosas que allí se ven; distinguiréis mejor que ellos los fantasmas de lo bello, de lo justo y del bien, porque habéis visto en otra parte la esencia de lo bello, de lo justo y de lo bueno. Y así, tanto para vuestra dicha como para la de la república, el gobierno de nuestro Estado será una realidad, y no un sueño como en la mayor parte de los demás Estados, donde los jefes se baten por sombras vanas, y se disputan con encarnizamiento la autoridad que miran como un gran bien. Pero la verdad es que en todo Estado en que los que deben mandar no muestran empeño por engrandecerse, necesariamente ha de ser bien gobernado y ha de reinar en él la concordia; mientras que donde quiera que se ansía el mando no puede menos de suceder todo lo contrario.

— Es cierto.

— ¿Resistirán nuestros discípulos la fuerza de estas razones? ¿Se negarían a cargar alternativamente con el peso del gobierno, para ir después a pasar juntos la mayor parte de su vida en la región de la luz pura?

— Es imposible que lo rehúsen, porque son justos y justas también nuestras exigencias; pero entonces cada uno de ellos, al contrario de lo que sucede en todas partes, aceptará el mando como un yugo inevitable.

— Así es, mi querido amigo. Si puedes encontrar para los que deben obtener el mando una condición que ellos prefieran al mando mismo, también podrás encontrar una república bien ordenada, porque en tal Estado solo mandarán los que son verdaderamente ricos, no en oro, sino en sabiduría y en virtud, riquezas que constituyen la verdadera felicidad. Pero donde quiera que hombres pobres, hambrientos de bien, y que no tienen nada por sí mismos, aspiren al mando, creyendo encontrar en él la felicidad que buscan, el gobierno será siempre malo, se disputará y se usurpará la autoridad, y esta guerra doméstica e intestina arruinará al fin al Estado y a sus jefes.

— Nada más cierto.

— ¿Conoces alguna condición como no sea la del verdadero filósofo, que pueda inspirar el desprecio de las dignidades y de los cargos públicos?

— No conozco otra.

— Además es preciso confiar la autoridad a los que no están ansiosos de poseerla, porque en otro caso la rivalidad haría nacer disputas entre ellos.

— Sin duda.

— ¿A quién obligarás a aceptar el mando, sino a los que, instruidos mejor que nadie en la ciencia de gobernar, cuentan con otra vida y otros honores que prefieren a los que ofrece la vida civil?

— No me dirigiría a otros.

13

— Pienso, en efecto, que si el estudio de todas las ciencias de que acabamos de hablar, tuviese por objeto hacer conocer las relaciones íntimas y generales que tienen unas con otras, este estudio sería entonces un gran auxiliar para el fin que nos hemos propuesto, pues en otro caso no merecería la pena de consagrarse a él.

— Soy de tu opinión; pero, Sócrates, semejante trabajo será muy largo y muy penoso.

— ¿Qué quieres decir? Pues eso no es más que el preludio. ¿No sabes que todo esto no es más que una especie de preludio del canto que debemos aprender? En efecto; ¿son a tu parecer dialécticos todos los que están versados en estas ciencias?

— No, ciertamente; he encontrado muy pocos entre ellos.

— Y bien; el que no está en posición de dar o de entender la razón de cada cosa, ¿crees que pueda conocer jamás lo que, según hemos dicho, era necesario saber?

— No lo creo.

— Aquí tienes, mi querido Glaucón, el canto de que acabo de hablarte; es la dialéctica. Esta ciencia, completamente espiritual, puede ser representada por el órgano de la vista, que, según hemos demostrado, se eleva gradualmente del espectáculo de los animales al de los astros, y en fin, a la contemplación del mismo sol. Y así el que se dedica a la dialéctica, renunciando en absoluto al uso de los sentidos, se eleva solo mediante la razón, hasta la esencia de las cosas; y si continúa sus indagaciones hasta que haya percibido mediante el pensamiento la esencia del bien, ha llegado al término de los conocimientos inteligibles, así como el que ve el sol ha llegado al término del conocimiento de las cosas visibles.

— Es cierto.

— ¿No es esto lo que tú llamas marcha dialéctica?

— Sin duda.

— Recuerda el hombre de la caverna; comienza por verse libre de sus cadenas; después, abandonando las sombras, se dirige hacia las figuras artificiales y hacia la luz que las alumbra. En fin, sale de este lugar subterráneo para subir hasta los sitios que ilumina el sol; y como sus ojos débiles y ofuscados no pueden fijarse desde luego ni en los animales, ni en las plantas, ni en el sol, recurre a las imágenes de los mismos, pintadas en la superficie de las aguas y en sus sombras, pero estas sombras pertenecen a seres reales y no a objetos artificiales como sucedía en la caverna, y no están formadas por aquella luz, que nuestro prisionero tomaba por el sol. El estudio de las ciencias de que hemos hablado produce el mismo efecto. Eleva la parte más noble del alma hasta la contemplación del más excelente de los seres; como en el otro caso, el más penetrante de los órganos del cuerpo se eleva a la contemplación de lo más luminoso que hay en el mundo material y visible.

— Estoy conforme en todo lo que dices; sin embargo, bajo cierto punto de vista me parece difícil de admitir, y bajo otro me parece difícil de desechar. Pero como no es esta la única vez que hablaremos de esta materia, y más adelante volveremos muchas veces a ella, doy por sentado que así sea; y ahora pasemos a nuestro canto y estudiémoslo con el mismo esmero que el preludio. Dinos, pues, en qué consiste la dialéctica, en cuantas especies se divide, y por qué camino se llega a ella. Porque hay trazas de que el término a donde van a parar estos caminos es el reposo del alma y el fin de su viaje.

— No podrías seguirme hasta ese punto, mi querido Glaucón; por más que no te faltara mi decidida voluntad. No sería ya la imagen del bien la que yo te haría ver, sino el bien mismo, por lo menos tal como yo lo pienso. Si al pensar así me engaño o no, eso no hace al caso; lo que se trata de probar es que existe algo semejante a ese bien; ¿no es así?

— Sí.

— Y no es cierto que solo la dialéctica puede descubrirlo a un espíritu ejercitado en las ciencias que la sirven de preparación, sin que se conozca otro camino.

— Eso es efectivamente lo que se trata de probar.

— Por lo menos hay un punto que nadie puede negar, y es que este método es el único por el que puede llegarse con regularidad a descubrir la esencia de cada cosa; porque, por lo pronto, la mayor parte de las artes solo se ocupan de las opiniones de los hombres y de sus gustos, de la producción y de la fabricación, y si se quiere, solo de la preparación de los productos de la naturaleza o del arte. En cuanto a las otras artes como la geometría y todas las de la misma clase, que a nuestro parecer tienen alguna relación con el ser, vemos que el conocimiento que de este tienen se parece a un sueño; que les será siempre imposible verlo con esa vista clara que distingue la vigilia del ensueño, mientras no se eleven por encima de sus hipótesis de las que no dan la razón. ¿Cómo es posible dar el nombre de ciencia a demostraciones fundadas en principios inciertos, y que sirven, sin embargo, de base a las conclusiones y proposiciones intermedias?

— No es posible.

14

— El método dialéctico es el único que, dejando a un lado las hipótesis, se eleva basta el principio para establecerlo firmemente, sacando poco a poco el ojo del alma del cieno en que estaba sumido, y elevándole a lo alto con el auxilio y por el ministerio de las artes de que hemos hablado. Hemos distinguido estas muchas veces con el nombre de ciencias para conformarnos al uso; pero sería preciso darles otro nombre que ocupase un medio entre la oscuridad de la opinión y la evidencia de la ciencia. Antes nos servimos del nombre de conocimiento razonado. Pero a mi juicio tenemos cosas demasiado importantes de que tratar para que nos detengamos ahora en una disputa de palabras.

— Tienes razón.

— Mi dictamen es que continuemos llamando ciencia a la primera y más perfecta manera de conocer; conocimiento razonado a la segunda; fe a la tercera; conjetura a la cuarta; comprendiendo las dos últimas bajo el nombre de opinión, y las dos primeras bajo el de inteligencia[1]; de suerte que lo perecedero sea el objeto de la opinión, y lo permanente el de la inteligencia; y que la inteligencia sea a la opinión, la ciencia a la fe, el conocimiento razonado a la conjetura, lo que la esencia es a lo perecedero. Dejemos por ahora, mi querido Glaucón, el examen de las razones en que se funda esta analogía, así como la manera de dividir en dos especies la clase de objetos sometidos a la opinión y la que pertenece a la inteligencia, para no vernos envueltos en discusiones más largas que todas aquellas de que ya hemos salido.

— En cuanto he podido seguirte me adhiero a todo lo que has dicho.

— ¿No llamas dialéctico al que conoce la razón de la esencia de cada cosa? ¿Y no dices de un hombre que no tiene inteligencia de una cosa cuando no puede dar razón de ella ni a sí mismo ni a los demás?

— ¿Cómo podría decir otra cosa?

— Razonemos del mismo modo respecto al bien. Un hombre que no puede separar por el entendimiento la idea del bien de todas las demás, ni dar de ella una definición precisa, ni vencer todas las objeciones, como un hombre de corazón en un combate, ni demostrar esta idea de una manera real, destruyendo todos los obstáculos mediante un razonamiento irresistible, ¿no dirás de él que ni conoce el bien por esencia ni ningún otro bien; que si percibe algún fantasma de bien, no es mediante la ciencia sino mediante la opinión como él la comprende; que su vida se pasa en un profundo sueño, acompañado de ensueños, del que no saldrá en este mundo antes de bajar a los infiernos donde dormirá un sueño verdadero?

— Sí, ciertamente, lo diré.

— Pero si alguna vez te encargases de la educación de estos mismos discípulos, que formas aquí de palabra, no los pondrías a la cabeza del Estado y no los revestirías con un gran poder para disponer de los negocios públicos, si eran incapaces de dar razón de sus pensamientos, siendo estos para ellos como en geometría las líneas que se llaman irracionales.

— No, seguramente.

— Les ordenarías, por consiguiente, que se dedicasen especialmente a la ciencia de interrogar y de responder de la manera más sabia posible.

— Sí, se lo prescribiré de concierto contigo.

— Por lo tanto, juzgas que la dialéctica es, por decirlo así, el coronamiento y el colmo de las demás ciencias; que no hay ninguna que pueda colocarse por encima de ella, y que cierra la serie de las ciencias que importa aprender.

— Sí.


  1. En la traducción de Pabón y Fernández Galiano se lee: “Bastará, pues […] con llamar, lo mismo que antes, a la primera parte, conocimiento; a la segunda, pensamiento; a la tercera, creencia, e imaginación a la cuarta. Y a estas dos últimas juntas, opinión; y a aquellas dos primeras juntas, inteligencia. La opinión se refiere a la generación, y la inteligencia, a la esencia; y lo que es la esencia con relación a la opinión, y lo que la inteligincia con respecto a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación.”  ↩