Agustín (2/7): Fe y razón: creer para entender


¿Qué aprenderás en este capítulo?

  1. Razón y fe no se pueden separar. Son complementarias en el pensamiento cristiano de Agustín.
  2. Al contrario de lo que afirman los escépticos, es posible el conocimiento cierto.
  3. Hemos de buscar la verdad en nuestro interior. No es que sea una parte de nosotros; muy al contrario es una realidad que nos trasciende. Pero somos sujetos que buscan.
  4. Podemos distinguir distintos niveles de conocimiento. Principalmente el que corresponde al mundo creado y el que corresponde al Dios-Verdad y las ideas eternas. Al final del proceso de conocimiento se encuentra la iluminación.
  5. Dios ha introducido en nosotros los modelos de verdad. De ahí la posibilidad de la iluminación.

Fe y razón: filosofar en la fe

Bien sabemos a estas alturas que Agustín fue un pensador cristiano. Un hombre de espiritualidad y fe profundas. Aunque durante toda su educación había tenido el ejemplo de su madre Mónica, cristiana devota, no maduró su conversión al cristianismo hasta el encuentro con el obispo de Milán Ambrosio y las cartas de Pablo. Según su propia narración de los hechos abrió el Nuevo Testamento al azar y se topó con un texto de Pablo sobre la fe. La conversión le sobrevino entonces de forma repentina y transformadora. Agustín se la atribuía, además, a Dios.

Sin embargo la postura agustiniana sobre la relación entre la razón y la fe no es fideísta. Esto quiere decir que Agustín considera que a Dios no se llega sólo por la fe, sino también por medio de la razón. A fin de cuentas, razón y fe están sintonizadas y no se contradicen; son complementarias. Al contrario, existe un sinergia entre ellas que hace que se refuercen mutuamente: creo ut intellegam, intellegam ut credam. Creo para entender, razono para creer. Sin pensamiento no habría fe, pero el pensamiento no sustituye a la fe. En lugar de anularla la refuerza.

El conocimiento está en ti mismo

El conocimiento es posible. El escepticismo académico llegó a rechazar la posibilidad del conocimiento cierto; tan altos eran sus criterios para aceptar la verdad de cualquier afirmación[1]. Sin embargo Agustín invierte la duda escéptica al decir que al negar la posibilidad del conocimiento este se afirma. Si fallor, sum.[2]

Busca en tu interior. Ese yo que yerra es el punto de partida del proceso cognoscitivo. Debemos buscar la verdad en el interior de nosotros mismos, y no fuera, en la Naturaleza o en la Creación. Agustín nos dice:

No busques fuera de ti…; entra en ti mismo; la verdad se encuentra en el interior del alma humana; y si hallas que tu naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo. Ten en cuenta, empero, que al trascenderte tú mismo, trasciendes el alma que razona, de modo que el término de la trascendencia debe ser el principio donde se enciende la luz misma del raciocinio. En efecto, ¿a dónde llega un buen razonador, si no es a la verdad? La verdad no es algo que se construya poco a poco, a medida que avanza el razonamiento; constituye, en cambio, un término prefijado, una meta en la que uno se detiene después de haber razonado. En ese punto, un perfecto acuerdo final sirve de conclusión a todo; converge con él. Persuádete de que tú no eres la verdad; ésta no se busca a sí misma; eres tú, algo distinto de ella, el que la busca –con el afecto del alma, por supuesto, y no en el espacio sensible–: cuando ha llegado a ella, el hombre interior se une con su propio huésped interno en un transporte de felicidad suprema y espiritual…

Así, comencemos por buscar en nuestro interior la verdad. Pero cuando la hallemos no nos confundamos. No se trata de algo que nosotros hayamos creado por medio de la experiencia o debido a nuestros estudios. Cuando Agustín dice que encontramos la verdad dentro de nosotros lo dice en sentido literal. Nos la encontramos como quien encuentra una perla en un barrizal: estaba ya allí. Y desde luego que no la hemos creado nosotros: la implantó dios allí y la encontramos completa.

El proceso cognoscitivo

  1. La sensación está en el origen del proceso de conocimiento. Siguiendo la doctrina de Plotino Agustín defiende que las sensaciones son cambios en los sentidos, en el cuerpo. El alma detecta activamente de estos cambios en el cuerpo y reacciona extrayendo de su interior la representación del objeto.
  2. El juicio de la razón. El alma agrega a la sensación de los objetos corpóreos un plus al juzgarlos por medio de la razón. Los objetos corpóreos son mudables, imperfectos, corruptibles y contingentes. Los conceptos matemáticos, estéticos y éticos, por contra, son inmutables, perfectos, incorruptibles y necesarios. Estos conceptos son los criterios que utiliza el alma para juzgar. De todas formas podemos utilizar los juicios de la razón de dos formas distintas, de acuerdo con el objeto a los que los dirijamos:
    • Ciencia. Su objeto es la universalidad que encontramos en la realidad mundana, temporal. Las matemáticas son ejemplo de esta forma de conocimiento. Son un conocimiento del alma pero que se inicia con el contacto de los sentidos con el mundo.
    • Sabiduría. Este es el verdadero conocimiento filosófico y consiste en el conocimiento de las ideas, universales y necesarias.

Si el alma es mudable pero los criterios son inmutables ¿de dónde saca el alma estos criterios de juicio, estas ideas? El intelecto humano se encuentra con la verdad en cuando objeto superior a él y tanto juzga a través de esa verdad como es juzgado por ella. Los criterios no provienen del alma misma, que aun superior a los objetos, es mudable, y aquellos no.

Mientras el principio valorativo… mencionado, que preside el juicio… es inmutable, la mente humana, en cambio, aunque le sea concedido elaborar tal principio, es susceptible de mudanza y de error. Por tanto es preciso concluir que por encima de nuestra mente hay una Ley que se llama Verdad, y no hay duda de que existe una naturaleza inmutable, superior al alma humana… El alma, pues, aun sintiéndose superior a los objetos a los que aplica su propio juicio, no puede ignorar que no ha sido ella quien ha inventado y regulado el principio juzgador que le sirve para reconocer la forma y los movimientos de los cuerpos. Además, debe inclinarse ante la superioridad del valor del cual extrae el criterio de sus propios juicios y del que ella en ningún caso puede constituirse en juez.
–Agustín. La verdadera religión.

La iluminación

Ideas. La verdad está compuestas por ideas, en el sentido de las supremas realidades inteligibles de las que habla Platón. “Son las formas fundamentales o las razones estables e inmutables de las cosas… Y aunque no nazcan ni mueran, sobre su modelo se halla constituido y formado todo lo que… nace y muere.” Pero hay dos diferencias entre las formas platónicas y la ideas agustinianas:

  1. Tal y como hicieran Filón, el platonismo medio y Plotino las ideas son para Agustín pensamientos de dios.
  2. Dada la concepción del alma del cristianismo que niega la transmigración de las almas y la reencarnación Agustín replantea la doctrina de la reminiscencia como doctrina de la iluminación.

Aí como el ojo capta las cosas sensibles por una luz, el alma capta las cosas inteligibles por una luz incorpórea. Dios, en tanto ser, nos crea; en tanto verdad, nos ilumina; en tanto amor, nos da paz.

Dios es inteligible y también son inteligibles los principios de las disciplinas, aunque con diferencias notables. Tanto las cualidades corpóreas como la luz son visibles, pero no pueden verse las cualidades corpóreas si no son iluminadas por la luz. En consecuencia, hay que afirmar que también los conceptos relativos a las ciencias, que todo el que los entiende los considera como absolutamente verdaderos, no pueden ser entendidos si no son iluminados, por así decirlo con un sol propio. Así, del mismo modo que en este sol pueden advertirse tres cosas: que existe, que es ser inteligible y que vuelve inteligibles todas las demás cosas.
–Agustín. Soliloquios.

Así, por medio de la iluminación dios hace inteligibles –accesibles al entendimiento– las ideas eternas. Porque estas ideas son mayores que nuestro entendimiento no podemos conocerlas por medio de la experiencia, que es mudable, temporal y contingente. Sólo con la iluminación divina podemos acceder a estas verdades. En el caso de Platón esta función la realizaba el Bien.

Esta verdad inmutable, atemporal y necesaria la encontramos en nuestro interior, puesta allí por dios.

Cabe destacar que sólo la mens, parte más elevada del alma, llega al conocimiento de las ideas. Sólo las mentes puras y santas, similares a las ideas, llegan al conocimiento de estas.


  1. Hasta el punto de que llegan a la contradicción de afirmar que nada es cierto… lo cual es afirmar una certeza. Pirrón fue un escéptico que pretendía establecer la duda o la incertidumbre sobre todas las doctrinas, incluido el escepticismo.  ↩

  2. Esto es un claro avance del cogito ergo sum de Descartes, que estudiaremos más adelante. El punto de partida, el contexto y, sobre todo, las conclusiones que extraen ambos filósofos de esta intuición es, sin embargo, completamente distinto.  ↩