Agustín (5/7): La libertad y el problema del mal


¿Qué aprenderás en esta sección?

  1. El problema fundamental de Agustín es el del origen del mal.
  2. Agustín se opone frontalmente a la doctrina maniquea porque no acepta la existencia de un segundo Dios y menos aún de un Dios maligno.
  3. Agustín resuelve el problema del mal por medio de su fe y de la doctrina de Plotino.
  4. Hay tres tipos de mal: metafísico, moral y físico.

Psicología de la acción humana, la gracia y la predestinación

Intelectualismo griego. El pensamiento psicológico griego era en gran medida intelectualista.[1] Los griegos consideraban que el cosmos estaba ordenado con arreglo a patrones racionales. La voluntad y la acción humana debía estar en sintonía con este funcionamiento racional del cosmos por lo que también debía ser racional. Así, la razón no tenía sólo una utilidad como medio de representación racional sino que tenía un gran peso práctico. Por supuesto que los griegos eran conocedores de los mecanismos irracionales del deseo, la voluntad y el instinto, pero consideraban que en la vida ordenada estos quedaban bajo el control de la razón. La antropología griega era también optimista, pues consideraba que el hombre es perfectible y que le era posible alcanzar la armonía de su psique e incluso la felicidad.

El cristianismo neoplatónico de Agustín comienza cerca del intelectualismo moral pero a medida que va desarrollando sus señas de identidad propia se va alejando más de él porque cada vez toman más peso los factores irracionales que influyen en el comportamiento humano. Agustín es cada vez más pesimista. Finalmente Agustín llegará a la conclusión de que sin el concurso divino no hay salvación posible. Sin ayuda de Dios no podemos superar la ignorancia y las dificultades de nuestras vidas.

Conocimiento previo de Dios y libertad de la voluntad humana. Dios es omnipotente y omnisciente, por lo que tiene conocimiento de antemano de todo lo que sucederá. Esto tiene difícil encaje con la libertad humana ya que pareciera que no podemos tomar otras decisiones distintas a las que ya ha previsto Dios. Pero en contra de Cicerón y de los maniqueos Agustín defiende esto diciendo que Dios simplemente conoce las decisiones tomadas libremente por nuestra voluntad. Así, Dios sigue siendo omnisciente y nosotros responsables morales de nuestras acciones.

Libertad. Si la libertad correspondía para los griegos de la Antigüedad al ámbito de la razón, para Agustín corresponde a la voluntad. Así “resuelve” Agustín la paradoja intelectualista de Sócrates. Recuerda que según el filósofo ateniense conocer (realmente) el bien y actuar mal era incompatible. Empero, en la filosofía de Agustín es posible conocer el bien con la razón y aún y así negar el bien con la voluntad, que puede elegir lo irracional. Se trataría de la adversio a Deo y la conversio a creaturam. Es decir: rechazar a Dios para volverse hacia las cosas creadas por él.

En sus primeros libros establece que el voluntad puede dirigirse hacia dos tipos distintos de cosas: las temporales, mutables y finitas; o la eterna, inmutable y firme. Fíjate en que he utilizado el plural al hablar de las cosas temporales y el singular al hablar de la eterna. Eso se debe a que las criaturas que son objeto del primer tipo de cosas son múltiples y Dios tan solo uno. En cualquier caso, no se trata de elegir los bienes superiores o el bien inferior es una cuestión de orientación vital. Hay quienes dirigen su vida a Dios y quienes dirigen su vida hacia el mundo creado.

El acercamiento a la Biblia y las disputas con pelagianos y académicos alejan a Agustín del espíritu griego. Al final llegará a negar que podamos siquiera elegir nuestro estilo de vida. El pecado nos lastra de manera tal que sin la asistencia de Dios estamos abocados al fracaso. La razón sola no sirve.

Cuando el hombre intenta vivir rectamente apelando exclusivamente a sus propias fuerzas, sin la ayuda de la gracia divina liberadora, resulta vencido por el pecado; el hombre, sin embargo, en su libre voluntad, tiene el poder de creer en su liberador y de acoger la gracia.

El deseo. Más abajo hablo sobre la concepción del pecado en Agustín. La cuestión se resume en que los primeros humanos desafiaron a Dios al querer parecerse a él por medio del conocimiento y desobedeciéndole de forma expresa. Así que el primera falta fue un pecado de arrogancia. Y a partir de ese primer error toda la Humanidad ha quedado manchada. Nuestra alma se desvió de su recto camino y pervirtió al cuerpo. Ahora tendemos a buscar los placeres sensoriales y sensuales en lugar de los espirituales. La psique humana tiene dos tendencias que no podemos evitar salvo que Dios nos haya elegido para salvarnos:

  • Libido dominando. Las personas tenemos la tendencia a tratar de transformar nuestro entorno a nuestra voluntad; de someterlo a nuestros deseos. Lo que es un comportamiento egoísta. Lo realizamos con las cosas y también con las personas. A veces amamos a otra persona porque nos hace sentir bien. Cuando sucede esto no hay pureza en el amor, sino interés y egoísmo. En cuanto esa persona deja de hacer las cosas como queremos o nos conviene ese amor que le profesábamos desaparece o se vuelve voluntad de manipulación de la persona para retornar al estadio anterior. La actitud correcta sería la de abandonar nuestros intereses egoístas y dejarnos en manos de Dios. Debemos sustituir nuestra voluntad por la suya.
  • Libido cupiditas. Nuestro deseo no conoce límites; siempre queremos más. Nada nos sacia. Si vagamos por un desierto al borde de la muerte por deshidratación nuestra voluntad toda está deseando un vaso de agua refrescante. No tenemos otra cosa en la mente. Cuando por fin obtenemos ese vaso de agua y calmamos la sed, esta pasa a un segundo plano. Ya no es el objeto central de nuestro deseo. De repente nos apetece comer. Y cuando saciamos el hambre queremos entretenernos. Esta espiral ascendente no termina nunca. Aunque tengamos una mansión y varios deportivos querremos más. Y es que los bienes materiales y temporales no nos sacian. No pueden saciarnos. Sólo Dios puede saciarnos.

Con estas dos tendencias en constante funcionamiento es comprensible que tendamos al pecado. Desgraciadamente Agustín considera que la libido dominando y la libido cupiditas nos controlan de tal modo que no podemos escapar de ellos, trascenderlos o superarlos sin la ayuda de Dios, de su gracia.

Gracia. La tendencia humana hacia el pecado que se inició con el pecado original cometido por los primeros humanos hace que no podamos obrar bien sólo con nuestras fuerzas y nuestra voluntad. Los pelagianos consideraban que no era sensato dar órdenes que no podamos cumplir, por lo que para ellos la gracia no era sino una ayuda para quien optaba por el camino cristiano. Agustín, sin embargo, dice que el pecado original nos debilita a todos hasta el punto de que no podemos ameritar a la superación del pecado sin el concurso de la gracia de Dios. Tan grave fue el pecado original que no somos libres más que para pecar. A pesar de esto somos responsables de nuestras acciones.

Predestinación. Agustín pinta un panorama muy pesimista y oscuro en sus últimos escritos. La Humanidad es una masa condenada. De entre esa masa Dios ha seleccionado de antemano a unos pocos para salvarlos por vías que nos son desconocidas. A estos pocos predestinados Dios les ha otorgado la gracia, sin la cual no podrían alejarse del pecado.

El problema del mal

El problema de la Creación. El problema del mal está estrechamente relacionado con el de la Creación. Podemos condensarlo en la siguiente paradoja metafísica: Si todo lo que existe ha sido creado por Dios y Dios es Bondad, ¿de dónde procede el mal que hay en el mundo?

La doctrina maniquea del mal sustancial. Recordemos que Agustín fue maniqueo y que estos defendían la existencia de dos Dioses, uno bueno y el otro malo. El malo sería el responsable del mal que encontramos en el mundo.[2] Las creencias cristianas que hicieron que Agustín abandonara el maniqueísmo y que pasara a condenarlo con fuerza impiden la existencia de un segundo Dios y también la posibilidad de que Dios sea malo, pues Dios es absoluto y bueno por definición. Tuvo que buscar la solución en otra parte. La halló en la Filosofía neoplatónica.

La solución no-sustancial de Plotino. A la busca de solución para el problema del mal Agustín dio con el ambiente neoplatónico entorno a Ambrosio de Milán. Allí tomó contacto con la doctrina plotiniana según la cual el mal no es sustancial, sino ausencia de ser. El mal no sería una cosa sino la ausencia de otra cosa que es el bien.

Y el mal, cuyo origen buscaba, no es una substancia, porque si lo fuese, seria un bien. Y sería una substancia incorruptible, y por tanto sin ninguna duda un gran bien, y por tanto un bien que no podría estar sujeto a la corrupción o sería una substancia corruptible. Por esto, vi con claridad que Tú habías hecho buenas todas las cosas.

Las tres dimensiones del mal. No todo mal es de la misma naturaleza. Como hemos podido comprobar al hablar de la libido dominando y la libido cupiditas Agustín es un fino analista de la condición humana. Pero no todo es culpa del hombre.

  1. El mal metafísico. En el cosmos no hay mal. Tan solo diversos niveles de ser. Esto ya te sonará de la doctrina metafísica de Platón. Las criaturas, las cosas creadas, son formas de ser subordinadas a la forma absoluta de ser de Dios. Algunas tienen mayor “cantidad” de ser que otras, lo que puede hacernos pensar que las que tienen menos son alguna forma de mal. Pero eso sólo sucede porque tomamos como criterio del mal y el bien nuestro propio interés. Si consideramos que algo es útil o conveniente para nosotros lo damos por bueno. Y malo si no creemos que nos convenga. Si conociéramos el Universo en su totalidad veríamos que tales cosas no son defectos o males y que todos los seres de inferiores y todas las cosas limitadas forman parte de un todo armónico y articulado. Todo tiene sentido y razón de ser. Todo es positivo. Pero sólo Dios conoce todos los acontecimientos de la Historia y es capaz de entenderlos como positivos.
  2. El mal moral: el pecado. El mal moral es interpretado como pecado por Agustín. En tanto cristiano, considera que el mal moral no es un defecto de la razón o una consecuencia del mal uso de la misma, sino que es generado por nuestra voluntad malvada. ¿De dónde procede esta? La voluntad torcida no tiene causa eficiente sino causa deficiente. Si nuestra voluntad siguiera su tendencia natural se dirigiría hacia el bien. Pero a causa del pecado original nuestra voluntad se dirige hacia las criaturas y a los bienes creados y limitados. Esto implica la inversión de la jerarquía establecida por Dios. Nuevamente, se trata de la aversio a Deo y la conversio a creaturam.
  3. El mal físico. Las enfermedades, el sufrimiento, los males del espíritu y la muerte son males físicos. Para quien filosofa desde la fe tienen un origen y una interpretación clara: son consecuencia del pecado original. Es decir: son consecuencia del mal moral. “La corrupción del cuerpo que pesa sobre el alma no es la causa, sino el castigo del primer pecado: la carne corruptible no es la que ha vuelto pecador al alma, sino el alma pecadora la que ha hecho corruptible al cuerpo.” Aún y así tiene un significado positivo cuando consideramos el desarrollo completo de la Historia.

  1. Recuerda que tratamos este concepto en la filosofía de Sócrates. Puedes volver a aquel punto para refrescar tu memoria.  ↩

  2. Por decirlo muy ramplonamente. Para los maniqueos el mal era una cosa, tenía existencia e identidad. Y el bien era también una cosa.  ↩