Tomás de Aquino (2/2): La existencia de Dios: las cinco vías

Dios es el primero en el orden ontológico, por lo que es causa y fundamento de todas las cosas. Pero como Tomás llega a él reflexionando sobre sus efectos en el mundo, Dios es el último en el orden psicológico.

Las cinco vías que utiliza Tomás para probar la existencia de Dios se basan en la cosmología aristotélica, preponderante en su época, y son todas de índole metafísica. Puede venirte bien un repaso de la metafísica aristotélica antes de enfrentarte a las vías.

A continuación tienes una explicación de cada una de las vías o caminos de demostración de la existencia de Dios propuestas por Tomás acompañadas por un texto en el que el filósofo las desarrolla.[1]

Vía 1ª: el cambio

Para Tomás de Aquino el movimiento consiste en el paso de la potencia al acto. Por otro lado, todo lo que se mueve lo es porque otra cosa lo mueve. Aquello que causa el movimiento —que empuja— debe estar en acto.

Tomemos como ejemplo la madera. Cuando un tronco está frío en acto es a su vez un tronco caliente en potencia. Pasar de frío a caliente supone un movimiento en acto que precisa de un motor que está caliente en acto: el fuego. El fuego está caliente en acto e impulsa al tronco potencialmente caliente a estar caliente en acto.

Siendo este el funcionamiento de todo movimiento o cambio podremos buscar la causa de cada cambio. Nos daremos cuenta de que existe una cadena interminable que va ascendiendo de los efectos a sus causas y a su vez a las causas de esas causas. Así podríamos llegar hasta el infinito dejando así el problema que queríamos aclarar irresuelto, pues no hacemos más que retrasar o alejar las causas sin topar con la primera. Debemos admitir que existe una primera causa motora inmóvil. Ese primer motor inmóvil es Dios.

La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en cuanto potencia esté orientado a aquello para lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: el fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

Via 2ª: la causa eficiente

En el mundo sensible todas las causas eficientes son a su vez efectos de otra causa eficiente. No hay nada que sea su propia causa eficiente, pues sería a su vez su antecedente, lo que es imposible. Pero si no hubiera una causa primera de las cosas tampoco podría haber una causa intermedia y una causa final. Nuevamente no podemos regredir al infinito en la cadena de las causas eficientes. Es necesaria la existencia de una causa primera a la que llamamos Dios.

La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

Vía 3ª: la contingencia

Los seres creados nacen, crecen y mueren. Son contingentes. Por lo tanto son posibles, no necesarios. A fin de cuentas en algún momento no han sido. Si todo fuera meramente posible habría algún momento en que no habría habido nada. Y entonces ahora no habría nada. Porque para explicar el paso necesario pasar de pura potencia al acto hemos de admitir una causa incausada, necesaria y siempre en acto puro. A esa causa llamamos Dios.

La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

Vía 4ª: niveles de perfección

Entre los entes —las cosas— los encontramos buenos y no tan buenos; verdaderos y no tan verdaderos; bellos y no tan bellos; etc. Por lo tanto existe una jerarquía de cada una de esas características con arreglo a su perfección. No podemos hablar de más o menos (bueno, verdadero o bello) si no disponemos de una referencia con la que comparar. Y en cada uno de estos aspectos la causa de todas las cosas que lo contienen está en aquello que lo es en modo supremo.

Si tomamos el fuego como la cosa más caliente, compararemos el resto de las cosas en relación al calor del fuego y así diremos cuánto más o menos frías que el fuego son.

Existen seres con más o menos ser. Cuanto más ser posean serán más verdaderos, buenos y únicos. Pero esas características lo son en relación a las verdaderas Verdad, Bondad y Unidad. Si los seres —las criaturas— son de modo no absoluto es porque han recibido su ser de otro, que da sin recibir, fuente de todo ser: Dios.

La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género algo sea lo máximo, se convierte en causa de lo que pertenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

Vía 5ª: la causa final

La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.


  1. Todos los textos de esta parte pertenecen al 3er artículo de la 2ª cuestión de la parte I de la Suma teológica de Tomás de Aquino. Puedes encontrar el texto original aquí.  ↩