Los sofistas

El nombre de sofista se utiliza para designar a un nuevo tipo de intelectual que surgió en la Atenas del sigo V aec. Se trataba de profesores profesionales itinerantes que, como tales, cobraban por sus servicios. Enseñaban un amplio abanico de materias entre las que destacaban la oratoria y la conducta exitosa en la vida. Hasta entonces los atenienses pudientes se habían formado aprendiendo lectura, escritura, aritmética y música y ejercitándose físicamente.

Pero el ambiente intelectual estaba cambiando en la Grecia Antigua y en Atenas en particular debido a los siguientes motivos:

  • Los primeros filósofos habían introducido la especulación racional en su forma de enfrentarse al mundo e interpretarlo y este método de pensamiento estaba popularizándose poco a poco.
  • Además del estudio de la physis o de la naturaleza de las cosas el uso de la razón estaba comenzando a aplicarse al estudio de la Historia, la geografía y los orígenes de la civilización.
  • Aumentó la participación democrática, especialmente en Atenas. Las decisiones se tomaban por medio de votaciones. Para asegurarse el voto favorable a los intereses propios convenía ser capaz de expresarse por medio de argumentos que convencieran a los opositores. Es por esto que la oratoria experimentó un gran desarrollo y florecieron técnicas especializadas de persuasión y argumentación.
  • Durante esa época se desarrolló un clima de cuestionamiento racional de la moralidad, la religión y la conducta política al que contribuyeron los sofistas.

Los sofistas fueron unos profesionales muy individuales. No formaron escuelas, corrientes de pensamiento o grupos de ningún tipo. Tampoco compartieron un núcleo de creencias comunes ni pertenecieron a ninguna organización. De hecho en muchas ocasiones sostuvieron ideas opuestas. Lo que sí compartieron fue el entorno cultural recién descrito y unos temas y actitudes similares entre los que destacan el escepticismo epistemológico, el relativismo moral y la consideración de que las leyes son convencionales. Veremos estos tres puntos a continuación.

Escepticismo epistemológico

Algunos sofistas fueron escépticos en lo que se refiere a su teoría del conocimiento. Creían en la objetividad de la realidad pero negaban que el ser humano tuviera la capacidad de conocer esa realidad objetiva tal y como es.

El sofista Gorgias de Leontini (c. 485 AEC-c. 380 AEC) fue un nihilista, pues pensaba que los valores epistemológicos estaba infundados y eran inefables. En su libro Sobre el no-ser defiende las siguientes ideas:

  1. Nada existe.
  2. Incluso si algo existiera, nada podemos conocer sobre ello; y
  3. si algo pudiera ser conocido ese conocimiento no podría ser transmitido.
  4. Incluso si pudiera ser comunicado, no podría ser entendido.

Relativismo moral y convencionalismo de las leyes

Para los sofistas las cosas eran relativas y convencionales (nomos). Así como Gorgias no creía en ningún absoluto epistemológico, tampoco creía en ningún absoluto moral. Es decir: para él los valores morales son relativos y tienen origen en el acuerdo entre las personas. Con el paso del tiempo las sociedades han establecido normas morales gracias a la educación, las tradiciones, y las costumbres. Es por eso que las cosas no son de por sí buenas o malas, bellas o feas, verdaderas o falsas. Todo depende de su valor práctico

Ejemplo de este relativismo de los sofistas es el principio del homo mensura promulgado por Protágoras de Abdera (490 AEC–420 AEC), que dijo que “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son.”

La cuestión reside en que no hay un criterio absoluto para distinguir entre el bien y el mal, o entre el ser o el no-ser. El único criterio es la persona. Quizás incluso el individuo, si atendemos a la siguiente afirmación de Protágoras: “las cosas son para mí como se me aparecen, y para ti son como se te aparecen a ti.”

Tomemos el ejemplo siguiente: ¿este viento es frío o caliente? El filósofo de Abdera nos dirá al respecto: “Para el que es frío, es frío, y para el que no lo es, no lo es.” Por lo tanto ninguno de los que afirmara lo contrario estaría equivocado; todos estarían en la verdad. En su verdad.

Protágoras nos muestra en su obra Antilogías que “Sobre cualquier cuestión hay dos argumentos opuestos entre sí.” Así que tenemos argumentos a favor y en contra que se anulan mutuamente. Recuerda que los sofistas se ganaban la vida enseñando a la juventud a argumentar para salir vencedores en juicios y votaciones. Pues bien, Protágoras trataba de demostrar este punto respecto a los argumentos contrarios haciendo que el más débil ganara.

De lo dicho hasta ahora podemos concluir que no hay verdad absoluta ni valor moral absoluto: la utilidad es el criterio fundamental para discernir entre los argumentos que nos presenten. El sabio es aquél que halla el argumento relativo más útil. Una vez hallado le queda la tarea de convencer a los demás de que lo pongan en funcionamiento.