Sócrates

Sócrates

Biografía. Sócrates nació, vivió y murió en Atenas entre el año 470 o 469 AEC y el 399 AEC. No creó ninguna escuela. Enseñó en lugares públicos de Antenas con gran éxito entre jóvenes y adultos.

No dejó obra escrita, pues quería difundir su mensaje por medio de la palabra hablada, la conversación y la dialéctica. Algunos de sus seguidores escribieron sus enseñanzas pero hay grandes contradicciones entre aquellos escritos, por lo que no son fiables. El que más escribió sobre Sócrates fue su alumno Platón, que introdujo a aquél como personaje en sus diálogos. En muchas ocasiones el personaje de Sócrates ponía voz al pensamiento de Platón mismo, por lo que es muy difícil diferenciar entre el pensamiento original del maestro y las aportaciones del alumno.

La psyché, esencia del hombre. Durante la primera etapa de su vida intelectual Sócrates tuvo interés en la filosofía de los últimos naturalistas. No halló allí lo que buscaba, pues comprendió que los filósofos de la physis habían llegado a toda clase de conclusiones encontradas sobre el ser, su pluralidad, el movimiento, la creación y cualquier otro detalle. Así, para algunos todo se movía y para otros no había movimiento. Sócrates consideró que aquellos problemas sobre la naturaleza de las cosas eran irresolubles y decidió centrar sus esfeurzos no en estudiar la physis si no en investigar la esencia del hombre. En este sentido las preocupaciones de Sócrates se acercan a las de los sofistas pero sus conclusiones fueron muy distintas.

Según Sócrates la esencia del hombre es su alma, por ser esta su característica distintiva y definitoria. Este alma o psyché sería la sede de la razón, el pensamiento y el comportamiento ético y es distinta de cómo la concibieron después los cristianos. Como quiera que la psyché es la parte más importante y valiosa del ser humano, cuidarse a uno mismo supone cuidar el alma propia. El objetivo del pedagogo o el educador es ayudar a los demás a cuidar de su alma. Sócrates creía que, precisamente, esta era su misión divina.

La areté y los valores. Los griegos llamaban areté a la virtud. La virtud es la actividad y modo de ser que perfecciona cada cosa haciéndola aquello que debe ser. Así, la virtud del perro es ser buen guardián, y la del caballo es ser veloz. Un caballo virtuoso, pues, será un caballo veloz.

¿Cuál es la virtud del ser humano, aquello que hace que su psyché sea como debe? El conocimiento o la ciencia. Por el contrario el vicio, que es lo opuesto a la virtud, es la ignorancia.

Los verdaderos valores no están sujetos a los bienes externos como el dinero, el poder o la fama. Tampoco están sujetos al cuerpo como lo están la belleza, la vida, la forma física o la fuerza. Todos los valores del alma se condensan en el conocimiento. No es que los demás bienes mencionados carezcan de valor. Pero este valor viene dado por usarlos con sabiduría. Los conocmientos mismos serán valiosos no por sí mismos sino en la medida en que los utilizamos según nuestra areté.

Intelectualismo moral. El hombre tiende hacia la felicidad. El problema consiste en dónde buscar la felicidad y en cómo hallarla. Para Sócrates la bondad moral es consecuencia del conocimiento. A esto llamamos intelectualismo moral, que se resume en las siguientes dos proposiciones:

  1. La virtud y todas las virtudes –sabiduría, justicia, fuerza, mesura, etc.– son conocimiento/ciencia. Así como los filósofos de la physis trataron de someter el Comos a la razón, Sócrates trató de someter a la razón la vida y los valores humanos.
  2. Nadie obra mal consciente y voluntariamente. Quien obra mal lo hace movido por la ignorancia, pues las personas obramos siempre en nuestro beneficio. Así que al actuar mal no lo hacemos con intención de actuar mal sino porque esperamos obtener algo bueno de dicha acción. El mal es, pues, un error de cálculo. Cuando obramos mal a pesar de nuestra intención opuesta lo hacemos como víctimas de la ignorancia.

A modo de crítica podemos decir que el conocimiento del bien es una condición necesaria pero no suficiente para hacer el bien.

El método socrático. La verdad que busca Sócrates es distinta de la verdad que buscaban los filósofos anteriores a él. A su juicio, aquello que podemos conocer sobre la physis es irrelevante. En esto coincide con los sofistas. Pero a diferencia de los “sabios”, Sócrates parte de asumir su ignorancia. Suya es la famosa frase: “sólo sé que no sé nada”, punto de inicio de su método dialéctico.

El método dialéctico y su objetivo. La verdad que buscaba Sócrates estaba mucho más próxima al hombre. Partimos de una cuestión inicial: ¿Qué es ser justo y qué injusto? ¿Qué es ser sensato y qué insensato? ¿Qué es ser valiente y qué cobarde? ¿Qué es lo bello y qué lo feo? A fin de cuentas conocer las virtudes es imprescindible para un comportamiento virtuoso.

¿Cómo es posible que sepamos qué son la Justicia, la Sensatez, el Valor y la Belleza? Partimos de nuestra ignorancia sobre el tema que estamos tratando y tratamos de aclarar inicialmente el terreno por medio de las definiciones universales para aplicar entonces un método en dos pasos: la ironía y la mayéutica. Con todo ello llegaremos al conocimiento de la verdad.

Definiciones universales. Las discusiones con Sócrates solían empezar con preguntas del tipo “¿Qué es X?” Es decir, buscaba definiciones. Y lo hacía porque quería dar con la esencia de los conceptos que investigaba. La esencia de algo es aquello que comparten todos los individuos que pertenecen a la misma categoría, una vez dejados de lado las características de segundo grado o particulares.

Si nos preguntamos “¿qué es la Justicia?” nos estamos preguntando por la definición de la Justicia. Es decir, de su esencia. Y esta esencia consite en aquello que las acciones justas tienen en común.

El método de las definiciones de Sócrates es inductivo, por lo que parte de los casos particulares con intención de llegar a la definición general. En el caso que tomábamos como ejemplo Sócrates y sus interlocutores repasarían varias acciones que consideran justas tratando de identificar lo que comparten. No es un camino directo, sino que se asemeja a un laberinto en el que vamos descubriendo el camino poco a poco.

La ironía socrática y la ignorancia. La ironía consiste en hacer al interlocutor caer en la cuenta de su ignorancia por medio de las preguntas adecuadas. Al parecer Sócrates era un hábil conversador y buen aplicador de la ironía. Aquel que se tenía por sabio acababa descubriendo que no sabía tras el incansable cuestionamiento de Sócrates. Por medio de sus preguntas Sócrates hacía caer a su interlocutor en contradicciones, o lo dejaba sin respuesta, o lo empujaba a dar distintas respuestas a la misma pregunta dejándolo confuso e indeciso.

La mayéutica. El sentido etimológico de mayéutica hace referencia al trabajo de la matrona que ayuda a la parturienta a traer a su hijo al mundo. La madre de Sócrates era matrona de profesión y el filósofo utilizaba a menudo como analogía la asistencia al parto diciendo que su trabajo también era el de ayudar a parir. El filósofo, en lugar de niños ayuda a dar a luz la verdad.

Una vez evidenciada la ignorancia de su interlocutor por medio de la ironía, Sócrates trataba de que este encontrara dentro de sí las respuestas adecuadas por medio de la mayéutica. Con ese fin seguía planteando cuestiones y preguntas.

De hecho creía que la verdad se albergaba en el interior de cada uno y que no había que hacer más que encontrarla, para lo que era imprescindible buscar. A su vez, la mejor forma de búsqueda es la discusión. Todo este proceso no se puede realizar por escrito, pues las nuevas preguntas dependen de las últimas respuestas dadas. Es un proceso dinámico que depende del (des)conocimiento previo del interlocutor de Sócrates. O sea, que era una pedagogía personalizada y de la que no nos podemos beneficiar por leerla: hay que experimentarla. Como ya indicamos más arriba, este es uno de los motivos por los que Sócrates no nos legó escrito alguno.

Antirelativismo moral. Sócrates ayudaba a los atenienses a darse cuenta de su ignorancia y los ponía en el camino correcto para adquirir la sabiduría por sí mismos. En rara ocasión daba con claridad su propia definición de virtud. Al final de la mayor parte de los diálogos admitía que no habían realizado más que una aproximación al tema del que quedaba mucho por discutir y elaborar. Pero seguía sosteniendo que la discusión y el diálogo eran las únicas formas de alcanzar la sabiduría. La sabiduría que predicaba no era teórica, sino práctica. No se trataba de obtener conocimiento por sí no más bien para su aplicación tanto en uno mismo como en la polis. En todo caso este conocimiento de la virtud hacía referencia a una única versión de la misma. Si no cómo podría la asamblea proclamar una ley justa si cada uno tiene su propia concepción de la Justicia o el Bien? Se trata de descubrir qué es la virtud, no de tener una versión propia y de tratar de imponérsela a los demás.

La muerte de Sócrates. Sócrates murió en el año 399 AEC tras ingerir un preparado a base de cicuta, una planta venenosa. Fue la condena que le impuso un tribunal ateniense y la cumplió a pesar de que sus amigos habían preparado su huída. Sócrates pensaba que las leyes de la ciudad debían respetarse y consideró que si lo había hecho durante toda su vida sería un deshonor incumplirla en el último momento. Además confiaba en que su alma inmortal se libraría así de su cuerpo.

La acusación del tribunal fue doble. Por un lado lo acusaron de no creer en los dioses, y por otro de pervertir a la juventud. Muchas veces se ha dicho que estos cargos no fueron más que excusas para encubrir las verdaderas razones. A saber: que era muy crítico con la democracia y que fue maestro de algunos partícipes en el gobierno de los Treinta Tiranos.